Ante el espejo dorado

A raíz de la muerte de Robin Williams, un actor súper dotado, me vino a la cabeza algo en lo que pienso desde hace mucho tiempo, y que veo repetido, de tanto en tanto, en los cines, teatros y televisiones varias. Eso además del dolor que, a tanta distancia, me produce corroborar que la Meca del Cine es una dura madrastra que arrastra a tantos a la desolación y al abandono de la propia vida.

Robin Williams, actor súper dotado, como digo, tenía su mayor acierto como intérprete – a mi humilde entender- cuando no mostraba, o no le invitaban a mostrar, todo lo que era capaz hacer como actor; entonces era profundo y emocionante. Esto me lleva a otra cosa más cercana; así, nuestra, digo.

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Con la proliferación de escuelas de interpretación en nuestro país, hace unos 30-35 años, empezó una nueva forma de afrontar la formación y el trabajo de los actores; se introdujeron numerosos campos de estudio, conceptuales, de exploración, que agrandaron enormemente el horizonte un tanto provinciano –así, en general, todo hay que decirlo – que teníamos de este oficio. Pero, al mismo tiempo y sin desdoro de lo anterior, empezó a cultivarse un, no sé si muy consciente, engolosinamiento, un tanto superficial, de los talentos y potencias de los actores; una cosa endogámica, en cierto modo. Todo esto desde mi punto de vista, que puede no ser acertado, por supuesto. El asunto tiene manifestaciones distintas pero con un mismo punto socio-político-temporal de inicio.

Me explico: en el proceso de formación de un actor y, más tarde, en el proceso de indagación sobre un personaje, cuando ya es actor, se siguen una serie de pasos que van conformando los cimientos que le sustentan y que nunca se verán, explícitamente, en el trabajo final, ni tienen por qué; son como la parte oculta del iceberg. No se trata de la vida misma, sino de otro tipo de vida -conceptual, abstracta, poética. En el proceso creativo, de construcción de un personaje, hay elementos que son útiles a quien lo está construyendo -son sus hilos, sus apoyos, sus andamios- pero no necesariamente pertenecen al personaje.

Sucede también que se establece, con alguna frecuencia, un código secreto entre el actor que prepara su trabajo y sus compañeros de escuela, o de montaje, que asisten al proceso. El actor, entonces, recibe el retorno de la complicidad que busca: sigo tus pasos, compañero, entiendo por qué haces esto… Por otro lado, esto así, se llega al extremo, sólo en algunos casos, claro, de gente con gran talento innato, que quiere mostrar ‘todo cuanto sabe hacer en cada personaje que le toca interpretar’.

Lo que se pone ante el espectador, entonces, no es lo que contiene el personaje, su recorrido vital, sino lo que contiene el actor, el recorrido que tiene el actor, que no es lo mismo, y que acaba por desdibujar una lectura, una verdadera interpretación de dicho personaje. Se dice: mira, puedo hacer esto así, y así, y así, y así… y eso lleva, paradójicamente, al vacío de contenido.

Irene Papas 1

La grandeza de un actor no reside en su talento innato, ni en sus condiciones vocales y gestuales, todo ello necesario, sí; la grandeza tiene su hábitat en la inteligencia, en la elegancia de pensamiento, en el cultivo de lo esencial y la inmersión en lo inasible. El difícil equilibrio entre humildad y orgullo marca diferencias. Para todo ello hace falta, ¿cómo no? trabajo y una disciplina férrea para no caer en el hechizo de nuestra imagen en el espejo dorado.

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Irene Papas 1

Mi amiga Irene Papas lo comentaba conmigo una noche, hace años, en Valencia, mientras hacíamos planes de futuros proyectos en común que, luego, no llegaron a materializarse: Si un actor habla y se mueve con simplicidad y hondura, cuando da un grito, o levanta su brazo, parte en dos mitades el cosmos; si lo que hace es mover los brazos, o gritar todo el tiempo, sólo dará como resultado un gallinero y perderá toda importancia cuanto haga y diga.

Todo exceso esconde una carencia.  Esto puede aplicarse a otras cosas de la vida; la política, la economía, la religión, las relaciones personales y profesionales, en fin…