La profesión va por dentro

Verán: esta es una cuestión sencilla y compleja. Un actor es una paradoja puesta en un escenario o delante de una cámara. ¿Recuerdan aquel personaje de cómic, El fantasma, o Duende que camina, como le llamaban los indígenas? Bueno, pues algo así: Paradoja que camina diría yo referido a un actor. En esta profesión las contradicciones forman parte consustancial de todo lo que atañe a ella; desde el propio proceso de indagación hasta la forma en que articula sus relaciones artístico-laborales con el mercado artístico-empresarial. Ya ven que lo de la paradoja no es una exageración.

Para hacer un trabajo que merezca la pena compartir con un espectador hay que hacerlo con verdad aunque partiendo de una mentira esencial que es la representación de algo que está en la imaginación y no es la verdad misma. Hace unos días pude ver una clase magistral de Peter Brook cuyo enlace tuiteó nuestro gran Montxo Armendáriz. En ella proponía a los actores cruzar el espacio de trabajo sobre una supuesta cuerda floja; un ejercicio de imaginación, esencial, lleno de sentido metafórico y con una complejidad de realización que puede sorprender al más avezado de los especialistas en ejercicios de entrenamiento actoral. Ese trabajo consiste en algo totalmente imaginario, que se ha de visualizar interiormente por quien hace el ejercicio, pero que debe ser totalmente real, tangible, para el observador.

La cuestión era que se tendía a hacer cabriolas que, de hacerse realmente sobre una cuerda, darían con los huesos del ejecutante en el suelo a lo que el señor Brook apuntaba: <<Debe ser completamente lógico; sea usted lógico, intente arrodillarse de nuevo sobre la cuerda y observe si puede ignorar la inestabilidad de sus pies, rodilla, abdomen… no se limite a mover los brazos para dar impresión de guardar el equilibrio. Desde esa posición usted caería. Construya cómo sube de nuevo a la cuerda y continúe>>.

 Este ejercicio me trae a la memoria un libro que resulta excepcional para aquel actor que quiera adentrarse en lo verdadero e insustituible de esta profesión, El funambulista, de Jean Genet, que viene a ser un tratado filosófico de compromiso y honradez con aquello que, como ser humano, haces en cualquier momento de tu vida, aunque también es oro para cualquier presidente de gobierno; yo recomiendo vivamente su lectura a unos y a otros en beneficio de todos. Volviendo a lo de hacer creíble algo que el intérprete ha de crear interiormente pero que ha de construir exteriormente, dado que el espectador no leerá su pensamiento, lo de <<sea usted lógico>>, que apuntaba el señor Brook, es algo que resulta difícil encontrar, pues se da muy por hecho que la mera comprensión del asunto lo resuelve.

Un pensamiento, una emoción, por mucho que deba generarse interiormente, si no se traduce a un lenguaje externo <<lógico>> no llegará al espectador, o llegará distorsionado, o sólo en parte. A veces, en esta profesión, se nos pide a los actores que demos una apariencia de verdad a una propuesta de verdad que no es lógica; algunas veces, también, esta profesión nos exige mostrarnos, como trabajadores que somos, divertidos y pacientes ante situaciones que son poco divertidas o, incluso, <<insobrellevables>> según expresión de mi personaje, Curro Donaire, en la Carmen Carmen que escribió mi querido y admirado Antonio Gala.

Paradojas. Nos pasamos la vida haciendo cursos en los que nos enseñan a evitar a toda costa dar un resultado antes de haber exprimido no sé cuántos horizontes, buscando desde dentro una verdad que ha de hallarse tras muchas indagaciones y la dinámica laboral, cada vez con más frecuencia, nos exige justo lo contrario.

Maravillosa profesión, es cierto, aunque cada rosa tiene su espina y, permítanme decirlo, entre las dificultades propias de este oficio un tanto absurdo -algunas de las cuales he expuesto anteriormente- y las cargas impositivas y persecuciones que, para más inri, nos colocan desde arriba, sería bastante apropiado afirmar que, en este país, <<la profesión va por dentro>>.

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