Sobreactuar: así en la vida como en la escena

Se acuerdan, ¿verdad? Fernando Fernán Gómez decía aquello de <<Señoriiiitooo>>, con tal exageración y artificio que exasperaba al director de la película; aquella cuyo rodaje salía dentro de su propia película como director, El viaje a ninguna parte, y que resultaba una de sus secuencias más desternillantes. Fernán Gómez ponía de esta manera su mirada crítica acerca de la manera rancia y artificial de interpretar de algunos cómicos en una época de penurias e ignorancia. Y es que eso de sobreactuar es precisamente eso: estar por encima de frecuencia respecto a lo que ocurre en una situación determinada y comportarse de forma exagerada y sin medida. Más aún: es hacerlo desde fuera, sin la menor interiorización o implicación, <<haciendo como que se hace>> y todo ello con un ojo puesto en el espectador para comprobar si ha surtido el efecto deseado.

Existe también lo que yo llamo <<infraactuación>>, como su opuesta, claro, es decir: aquella que no está nunca a la necesaria temperatura de la situación planteada, mostrando un aburridísimo gráfico de encefalograma plano en el que parece ser lo mismo angustiarse por la mala marcha del matrimonio que decirle a alguien que abra la caja fuerte con discreción porque <<esto es un atraco>>: todo suena igual y se acomete con la misma expresión indefinible de ¿qué carajo estará pensando el intérprete? Aunque me voy a centrar en la sobreactuación.

Por supuesto, aclaro, que nada tiene que ver el sobreactuar con la justa aplicación del histrionismo, cuando situación y estilo así lo demandan, y cuyo ejercicio requiere talento y valentía en igual medida, además de una <<mesura en la desmesura>> de arriesgado y difícil dominio. He visto buenas actuaciones, momentos brillantes, que han acabado deformando la virtud, en brazos de Narciso, con el consiguiente hartazgo de los pacientes corderos que, sin embargo y sorpresivamente, han prorrumpido en aplausos, al final, para confusión de un servidor de ustedes.

El viaje...

El viaje a ninguna parte

¿Por qué la sobreactuación no tiene su justa muestra reprobatoria? Quizás tenemos vergüenza. Quizás no tenemos claro si hemos desarrollado un criterio sobre el asunto y nos da vergüenza. Quizás, en el fondo, nos gusta y nos parece lo suyo, y nos da vergüenza mostrarnos contrarios a lo que de verdad nos gusta y por eso lo aplaudimos. Si no es así no entiendo yo mucho todo el sarao sobreactuado, el ruido, en fin, que se practica en este escenario ibérico de nuestra vida. Hasta lo más nimio pone sobre la mesa el alfa y el omega, ya sea en el plano político, económico, familiar, tertuliano, deportivo, o circulatorio; es un aburrimiento y un riesgo, oiga, que por menos de media coma te ponen mirando para Tordesillas en cualquier semáforo, o twitter, o lo que se elija. Todo es <<terrible, escandaloso e intolerable>> y provoca un estresazo que nos tiene en un sin vivir.

La sobreactuación lo jode todo; te pone los nervios a cien mil, la tensión a doscientos mil, y capacidad de pensar a menos trescientos mil. Y lo peor es que uno puede acostumbrarse a cualquier cosa. Lo describía con lucidez el Señor de la Montaña -Michel de Montaigne, le dicen en Francia- en sus Ensayos: <<Lo que no logra la filosofía en mil años lo logra la costumbre>>. Por eso es tan importante no establecer la exageración como forma de actuar, porque uno se acostumbra a todo y si añadimos que somos una sociedad reactiva al hecho de ver con naturalidad que el grito se utilice de forma habitual para hablarnos, la cosa tiene su miga. El detalle, siendo, como es, algo fundamental de la realidad de las cosas, ha desaparecido. Nos escandalizamos tanto y por tan todo, permítanme el <<barbarismo>>, que metemos en el mismo cazo aquello que, de verdad, debería escandalizarnos y lo que, más allá de la zafiedad de los actos y los actores que los perpetren, resulta completamente irrelevante para la vida, en general, y para la propia, en particular.

Entiendo, con todo respeto, que debemos serenarnos y empezar a actuar acorde a <<las circunstancias dadas>>, como dicen los seguidores de Stanislavski. La vida en los escenarios no es cosa muy distinta a la que transcurre en los escenarios de la vida. Hay que estar a la altura, sí, de este latrocinio de haber condenado a la pobreza y la desesperación a millones de españoles y debemos comprender, con urgencia, que sólo la educación nos dará un posible de vida, digna y autosuficiente, como país y como ciudadanos. Hay que actuar con determinación, sin miedo y, como el buen intérprete, dejando salir la cantidad justa de llama, de energía, en cada momento; todo lo demás es sobreactuación y ruido. O <<infraactuación>> y tedio.

¿No es ya tiempo de aprender a hablar?

Parece que la cosa empieza a ser preocupante a tenor de los estudios que grandes empresas han realizado y hay que ponerse manos a la obra. Por lo visto aquellos que se gradúan no saben expresarse bien en voz alta. No saben hablar, vaya; su limitación oral es de tal magnitud que son incapaces de explicar un proyecto, un plan de trabajo, una idea luminosa que han tenido, perdiendo la oportunidad de que otros conozcan tales ideas, colaboren en ellas, o las financien. He leído recientemente en un artículo que publica un diario de importancia unas recetas para hablar bien en público (no sé por qué ese afán de ofrecer soluciones express para el lector) y, con toda humildad, he de decir que ninguna de ellas se mencionaba la que hace posible que ocurra eso de hablar bien. Se habla, eso sí, de la duración de un discurso, de la intensidad del mismo, de la claridad de ideas y de otros aspectos; todos ellos muy importantes a la hora de establecer una estrategia de comunicación pero absolutamente insuficientes si no se sabe hablar bien. ¿Y qué es hablar bien? Pues la cosa trata de hacer que las palabras que salen de nuestra boca puedan ser comprendidas porque se articulan de manera inteligible y que ese sonido tenga la coherencia sonora que requiere el significado de las oraciones que conforman nuestro mensaje, sea este cual fuere. En el tiempo de las recetas express,  de las frases electrizantes, de las ideas destellantes, surgidas a la velocidad del rayo -precisamente- hemos de reparar en lo esencial. Esto es algo mucho más troncal que identificar los puntos a destacar de un determinado discurso, la pasión con que se expone, si movemos o no movemos las manos. Es más humilde, si se quiere y, sin embargo, es insustituible. Para  acceder al mundo de la oratoria hay que saber hablar; tanto quien enseña como quien accede a tomar clases en tal materia. Hay un paso previo, de tal importancia, que sin haberlo dado todas las apreciaciones sobre cómo expresarse en voz alta, estudiar sus métodos, sin aprender a afinar. Y no hablo de colocar la voz, sino de estudiar ese idioma paralelo que es la sonoridad de cualquier lengua, sin la cual, ésta, resulta un mapa incompleto. Nadie imagina una creación musical, estudiada al milímetro en su composición para emocionar y transmitir mensajes y sensaciones extraordinarias, desarrolladas en una secuencia ideal, variada, sugerente… interpretada por músicos que no saben tocar su instrumento y que desafinan como verracos… Pues eso.