¿Quién cree a quién?

Parece, aunque esto no sea dicho en términos absolutos, que nadie cree a nadie. Esto es algo a lo que se enfrenta la sociedad en su conjunto, todos y cada uno de los colectivos, instituciones, gremios y, por supuesto, los individuos que la conforman.
La cuestión es de tan importante, llega tan profundamente a los lugares ingobernables de nuestra capacidad para aceptar algo como seguro, que nuestro comportamiento, debido a la falta del equilibrio mínimo imprescindible para la estabilidad de nuestra psique, se ha tornado agrio, pleno de desengaño, desconfianza, agresividad y simplismo. Por esta causa reaccionamos automáticamente ante cualquier estímulo sin dejar que la mezcla de acciones cerebrales que nuestros hemisferios izquierdo y derecho obre con eficacia. Digamos que la situación ha llegado a tal punto de pánico interior que la parte que se ocupa de dar de comer al animal se ha hecho cargo absolutamente de nuestra vida.

El pánico viene a darse por múltiples razones y circunstancias, individuales o colectivas. Si bien, por poner un ejemplo, puede salvar nuestra vida al ponernos en marcha, sin analizar nada, ante una situación de peligro inminente, repentino, que nos sorprende inadvertidos, cuando se acomoda de forma paulatina, por aceptación de un arquetipo de descreimiento general, que llega a las raíces de lo que entendemos por la vida misma, nos puede llevar al desastre, a la aniquilación; la auto aniquilación, para decirlo más concretamente.

Pensemos en esto: gestionar con ‘serenidad’ la catarata de evidencias de las acciones contra el ser humano y contra la vida en general, que realizan precisamente seres humanos y, más aún, quienes actuando desde el poder financiero, político, religioso -aún con las excepciones, que las hay, de rigor- y que representan las columnas virtuales del mundo que percibimos, es extremadamente difícil. Es necesario tener una fortaleza interior, una disciplina mental y emocional enorme para no caer en la negación de todo y de sí mismo y atreverse a entrar en el agujero negro que supone siempre un cambio de Paradigma. Éste, el de este mundo, está desmoronándose y será necesario un esfuerzo verdaderamente grande para abrazar el vértigo que implica inventarse otro. Porque precisamente lo que está en cuestión es lo que entendemos por realidad, por verdadero y que va más allá de lo que aceptamos como tales.

El Público

Nadie cree a nadie, decía al principio. Nadie cree que quien dice algo crea eso que está diciendo. El otro es una imagen de uno mismo, vista desde otra perspectiva. Por más que nos resulte duro de aceptar, los otros son un posible de nosotros mismos. Por eso, ahora que tenemos noticia de cómo somos, mucho más que en tiempos pretéritos, cuando la información existente hacía mucho más grande el mundo, estamos concluyendo que todo es extraño e indeseable para nuestro arquetipo ideal de nosotros mismos. Reaccionamos con pánico y no discernimos, lo hacemos todo más simplista, no permitimos, ni nos permitimos, indagar porque el incendio está bajo nuestros pies; todo se reduce a un burdo automatismo de sí o no.

La serenidad necesaria para no salir de estampida ante la visión de nuestro amplio y no siempre halagüeño espectro como humanos es algo sobre lo que tenemos que reflexionar y, haciendo un juego de arquetipos, tener fe, o hacer como si la tuviéramos, aunque no sepamos qué es, para entrar en el vértigo de comprender que todos pertenecemos a la misma vida, que somos uno y todos a la vez y bailar sobre nuestros muertos más sagrados.

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