Día Mundial del Teatro

No tengo más remedio que decirlo: los “Días Mundiales de…” me ponen un poco de los nervios. Tampoco mucho, recalco, sólo un poco. Todo el año sin hacerle puñetero caso al asunto y llega un día en que todo se emperifolla y se escriben banalidades, por encargo unas, por concienciada y autocomplaciente decisión otras. Las autoridades hacen ver que les importa el tema y los grandes almacenes hacen caja, cuando el objeto homenajeado da para ello. Hoy le toca al teatro, ¡pobre…!

Desde muy joven -hice mi primera función con Paco Rabal en el Bellas Artes de Madrid a la edad de 9 años- observé que el teatro era una reproducción bastante ajustada de las sociedades en las que se insertaba pero esto, que he comentado numerosas veces con profesionales y público en general, no siempre es comprendido en toda su dimensión. Se suele coincidir en que el teatro habla, a lo largo de la historia, de los problemas que existen en el momento en que un autor escribe su obra. Bueno, siendo esto cierto, en parte, no es más que una aproximación epidérmica al verdadero asunto.

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IMG_4142El teatro, hablando del hombre, alcanza su mayor expresión y trascendencia cuando no se limita a reproducir literalmente este o aquel suceso, sino cuando es capaz de ofrecer una visión cosmogónica de la existencia, aunque lo haga a través de algo, aparentemente, local y cotidiano; lo cierto es que la estructura dramática, las situaciones que plantea, cada una de las palabras, el orden en que están compuestas, conforman un discurso que trasciende la anécdota, sea o no consciente el espectador del funcionamiento de tal industria. Apreciar esto implica haber frecuentado la experiencia del análisis de textos, no ya teatrales, sino del campo de la narrativa, o del ensayo, ante otros alumnos, en el colegio, en voz alta. Las culturas anglosajonas, por ejemplo, tienen esto muy arraigado en su concepto de educación. Nosotros no. Somos torpes a la hora de expresarnos ante los demás y nuestro sentido del ridículo es casi patológico.

Hay, además, un aspecto que a mí me fascina, como tema de reflexión, respecto a ese “espejo de la sociedad” que tanto se cita, como una cantinela repetida, y cuyo contenido no se conoce verdaderamente y es la organización, la estructura propia de esta actividad, lo que se llama, recordando una frase del apuntador de la obra de Lorca, “Comedia sin título” la Economía del Teatro. Este aspecto es tanto o más revelador que el tema o estilo teatral que a cada momento de la historia corresponde. Esto es, simplemente, un post, por lo que no me adentraré mucho en ello, pero les dejo estos rastros para su indagación y lleguen a sus propias conclusiones, o nuevas incertidumbres…

Yo conocí el teatro en tiempos de la Dictadura. Había una, todavía, fuerte censura, política y moral, sobre cada espectáculo que se ponía en pie. Nuestra profesión, con todos sus defectos, estaba conformada por gentes que amaban esta manera de entender la vida, mucho más allá del éxito personal, aunque ese fuera un sueño legítimo que actuaba como energía vital en tantos momentos duros. Los empresarios eran empresarios teatrales. Cierto que había un modelo contra el que luchábamos con toda justicia, de abusos laborales, de bajos sueldos y condiciones laborales tremendas (había que ver lo que eran muchos teatros por toda España, que parecía cuadras mal cuidadas, en ocasiones, y sin seguridad alguna), cierto que había mastuerzos más interesados en las deliciosas pantorrillas de las vedettes y coristas, pero había muchos empresarios que sabían de teatro, se habían criado en él, habían vivido dentro del teatro. Había piratas, ¿cómo no? pero ya se tenía su retrato por todos los postes de la luz del país y se protegía uno como podía de ellos. Pero, hasta ellos, sabían de teatro, leían y amaban el teatro. Los actores debíamos empezar este oficio humildemente y, con las excepciones de regla, obtener el respeto de la profesión debido al conocimiento adquirido en distintos empeños, no al primer acierto; era cosa de contrastar. Para ello era imprescindible una vocación más allá del sueño o capricho de hacerse conocido y rico (cosa que, por cierto, era prácticamente inalcanzable).

Así esto había empresarios de Compañía y empresarios de Paredes (locales teatrales). Entre ambos se pactaban las condiciones que solían variar entre el 25-40% para las paredes y el resto para el empresario de Compañía. La publicidad, a “borderó”, que se decía castizamente hasta en Bilbao, es decir, proporcionalmente al porcentaje acordado y los proyectos se montaban con un mucho de pulso vital y un muy poco de programación a años vista. Lo cierto es que los proyectos, la profesión, la industria, se podían poner en marcha con relativa facilidad. Había que luchar contra el esclavismo (no había día de descanso por entonces) y en ello estábamos -y conquistamos- pero esta profesión estaba entre la vanguardia de comportamiento social y moral.

De puertas afuera

Con el cambio democrático, tan luchado, también por nosotros, los de esto del teatro, se intentó que el país se diera a sí mismo una infraestructura de teatros digna, en condiciones, con dotación adecuada y a los que pudieran acceder, además de los empresarios tradicionales, la base de la industria, es decir, aquellos que no eran empresarios pero tenían proyectos y trayectorias de contrastada solvencia profesional. Ocurrió que, como decía el director de uno de mis colegios, gallego él, se confundió el culo con las témporas. Se convirtieron dichos teatros en Unidades de Producción y se produjo demasiado el “yo te programo a ti y tú a mí” y eso no ha sido bueno, a mi entender, porque se creó un club, un poco artificial, al que no se podía acceder sólo por méritos artísticos, sino que había que mantener una maquinaria de relaciones públicas, de marketing personal que hizo esto más impersonal y mecánico. Por más que se ha llamado la atención sobre esta cuestión nunca se le puso remedio. Creo que se ha sustituido, en buena medida, la pasión por la ambición, en esta cosa nuestra del teatro.

Hace unos días me relataba un muy querido compañero de tablas cómo asistía, en la gira que está realizando por los teatros españoles, actualmente, al abandono absoluto de esos Teatros Públicos: sin calefacción, sin personal, sin reponer bombillas a los focos, sin arreglar las goteras de la cubierta -que llevarán a que se caiga, finalmente- la vuelta a los retretes de la cuerda de cáñamo para vaciar la cisterna, cuando la hay… ¡Qué bonito…! Y a nadie le importa porque, como todo el mundo dice que “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”, aquí acabó el tema. Aunque se van a rescatar las empresas de las autopistas radiales… Los teatros públicos pueden caer en manos de empresas a las que esto del teatro les viene de nuevas y eso, ¿es razonable? ¿No creen que el conocimiento y la pasión por el teatro no juegan un importante papel en todo esto?

Hoy, en nuestro teatro, se muestran y reproducen muchas de las condiciones que nos han llevado a esto como país. No exigencia de la capacitación necesaria para ejercer las funciones para la cual se ocupa un determinado cometido, ausencia de escrúpulos de algunos, falta de interés por conocer todo aquello que la ignorancia impone; frivolidad, soberbia, abuso y desprecio. Mucho público asiste a las representaciones teatrales, se dice y es, en parte, cierto. El teatro está como nunca, se dice también. ¡El público aplaude a rabiar, así, en general…! Yo, invito a tener un espíritu algo más crítico, nunca viene de más.

No hay peor mentira que una media verdad. La autoalabanza, el halago fácil para contentar a quien, antes o después, nos puede dar trabajo, o el silencio cómplice, han hecho de este país el páramo que ahora pisamos. Respecto a la cultura, se han dicho, por parte de los gobiernos, al menos desde que tengo memoria (partiendo de los de Franco, que la odiaba, hasta nuestros días) tantas mentiras, se ha relegado tanto a quienes han clamado por una mejor educación, que está en la base de cualquier mejora como pueblo, que no creo necesario insistir en algo que pueden y deben indagar por sí mismos, aquellos que sientan interés por el tema, naturalmente.

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La izquierda, que tuvo en su mano regenerar este país; se quedó, aunque algo hizo, en “la sola apariencia de” y cayó finalmente en los mismos  pecados públicos y, en ocasiones, en tics heredados de siglos de autoritarismo. Por su mala gestión  nos ha caído encima esta derecha tremenda -que no tendría más remedio que ser  un poco más civilizada, más a lo Herrero de Miñón, diría yo, si me permiten el apunte, si estuviera frente a un opositor más serio y competente- que se harta de decir medias verdades, así como completas mentiras, que impone la ley del silencio y hace lo imposible para restringir el conocimiento, la salud y el bienestar a quienes no pertenezcan a su clase.

Hoy es el día Mundial del Teatro. ¡Pongámosle la Medalla del Amor y el Lazo Abelín!

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