Yo trabajo con palabras

Una disciplina como metáfora de lo que subyace al universo percibido

Yo trabajo con palabras. Soy actor desde hace más de 50 años, director desde hace 26 y escribo, al menos públicamente, desde hace poco más de medio año. Mi relación con las palabras ha sido una de esas cosas en la vida que no puedes esquivar en modo alguno, que marcan un proceso de indagación que es muy difícil, si no imposible, abandonar. Con otro trabajo, otra vocación, hubiera sido  más que probable que las palabras hubieran formado parte de una rutina automatizada, necesaria para ir de un lado a otro, organizar esta o aquella cosa, o para decirle a nuestro amor que emprendiéramos juntos una vida, pero, en mi caso, no. Las palabras, pronunciadas, contienen una información de la que no somos verdaderamente conscientes. Nos conformamos con conocer su significado, que es la parte más superficial de su naturaleza.

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La física actual, la que explora los planos infinitesimales de la energía y la materia (los campos de Higgs y otros), nos diría, hablando de lo que hay más allá de la física tradicional, que es como si observáramos sólo las hojas de un árbol, su forma, tamaño y color, pero no viéramos las raíces,  el tronco, las ramas, que conforman una red, oculta a nuestros ojos, y que, en realidad, es lo que hace posible que las hojas estén ahí; que el mundo y la vida existan.

Tal es la importancia, permítanme la analogía, de la sonoridad de las palabras, respecto a su significado. Piensen un momento en esto: es comúnmente aceptado que la música es la expresión artística más universal, aquella que todos podemos llegar a comprender y con la que podemos conmovernos más allá de nuestras distintas lenguas. Es un arte de características abstractas que no tenemos que traducir, que penetra a través de vibraciones en nuestro cerebro y nos provoca una catarata de sensaciones. Bien. La sonoridad, la música contenida en las palabras, tiene esa misma universalidad, provoca evocaciones de nuestra memoria remota, no racionalizada, tiene ese componente abstracto y complejo que trasciende el mero significado que podemos constatar en el diccionario.

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El estudio de esta materia es fundamental para conformar una concepción del mundo más rica, más adecuada, me atrevo a decir, ya que se amplía el horizonte del lenguaje a aquellos aspectos de la psicología profunda de la psique humana. Esta, desde mi punto de vista, debería ser una materia de obligado estudio para nuestros jóvenes,  extrañados de todo cultivo sutil de sus potencias en un sistema educativo y una sociedad mercantilizada que conviene compensar cuanto antes, ya que el mundo es tan vulgar, en lo conceptual y formal, tan pobre en todos los sentidos, como se expresa verbalmente.

Lo que me sorprende es que, en el ámbito profesional en el que he desarrollado mi vida, se de tan poca importancia, en los últimos quince o veinte años, a este asunto. Es, el de España, un caso de raro desprecio a una cuestión tan esencial como esta para un actor. He tenido ocasión de trabajar en otros países de nuestro entorno y asistido como espectador a espectáculos, proyecciones de películas o series de tv y puedo constatar, como pueden hacerlo cualquiera de ustedes, que la oralidad es parte fundamental de la propuesta interpretativa de los actores y  de su proceso de formación, como tales, en las distintas escuelas a las que hayan asistido, por no hablar del sistema de educación, en general. Un actor ha de hablar como quiere y no como puede, es decir: ha de poder expresarse verbalmente como requiere el personaje, su condición social, las características del discurso y del estilo del proyecto en el que esté trabajando. No en Francia, ni en Portugal, ni en Inglaterra, Alemania, Checoslovaquia, por poner algunos ejemplos, existe un prejuicio tan grande contra la correcta formación de los actores respecto a su expresión oral como en nuestro país y esto se traduce en una curiosa moda de hablar mal como decisión de estilo, en general, sea dicho.

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Todo esto reduce, a mi humilde entender, la riqueza, la variedad, de nuestros trabajos, la hondura misma del discurso de las obras artísticas de las que formamos parte. Entiendo que los métodos de indagación para llegar a una u otra propuesta son múltiples y que eso es algo que carece de relevancia pues lo que cuenta es si se llega a un trabajo de valor o no. Lo que no acierto a comprender es el prejuicio contra una parte fundamental de la formación de un actor. Si la gestualidad, el comportamiento gestual, es una parte esencial de nuestro trabajo, no lo es menos la oralidad y, ésta, se aprende mediante un proceso que requiere voluntad, ilusión y conocimiento de la materia por quien la imparte y voluntad, ilusión y disciplina por parte de quien la estudia.

Yo trabajo con palabras. Investigo y estudio su “geografía sonora” por decirlo de una manera que facilite la visualización de lo que aludo. Trabajo con actores, directivos de empresas, profesores y estudiantes universitarios, algún político que se atreve… Comparto lo poco que he ido aprendiendo a lo largo de mis experiencias con actores, directores y autores muy diversos, de distintas épocas y formas de entender todo este universo y, aunque hay tantas escuelas como gentes en el mundo, ninguna puede pasar por alto que la mitad del trabajo de un actor – o de cualquiera que se pone a contar algo ante una audiencia- está en la oralidad, ese campo inexplorado que -como hace la física actual con las partículas y las no partículas- amplía nuestra visión de las palabras y nos hace comprender más profundamente su funcionamiento y significado.

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