De cocineros y actores

 Pila de platos

Hace unas semanas viendo un conocido programa de televisión que tiene en la cocina su razón de ser, experimenté un profundo desasosiego que me obligó a apagar abruptamente la tele y ponerme a pasear, de arriba abajo, por la casa. Calenté agua para prepararme un té a pesar de lo tarde que era y sin reparar en que ello me dejaría como un búho toda la noche. Nunca pensé que un programa de cocina pudiera influir en mi ánimo de forma tan poderosamente negativa (soy entusiasta, por ejemplo, del espíritu y forma de Un país para comérselo y sigo algunos más) hasta que, de repente, comprendí la causa de mi malestar: todo concluía en una manera envenenada de entender la vida y que se manifiesta en distintos ámbitos de nuestro día a día con indeseables efectos. Como un disco duro atascado repetía una secuencia de pensamientos y me bloqueaba para empezar de nuevo.

 Tras un abrupto ‘reinicio’ pude ver, nuevamente, pero con más serenidad, lo que me había noqueado. En una fase del mencionado programa de cocina uno de los participantes ganaba la potestad de encargar a cada uno de los otros concursantes (pues un concurso es) la realización de un plato que previamente habían catado para desvelar, primero, y reproducir, después, sus componentes y sabores de la manera más ajustada posible. El asunto es que, desde ese lugar de privilegio, el susodicho participante endilgaba lo más jorobado a quienes creía sus mayores oponentes, para quitárselos de encima, aprovechando, incluso, la información que alguno de ellos le había facilitado sobre la composición del plato. No sólo eso: presumía de ello abiertamente, como si se tratara de un mérito. Pero, más aún, el programa se estructura, precisamente, con ese tipo de situaciones favoreciendo zancadillas y trampejas, amén de introducir elementos que poco tienen que ver, a mi humilde entender, con la cocina.

 ‘Ahora la estrategia empieza a pesar sobre otras cosas y ya no hay piedad ni amistad, ni lealtades, ni nada’, pude oír al conductor del programa. Dicho en otras palabras: ya no se trata de quién cocina mejor o aprende más y tiene mejor proyección, sino de quién sabe joder al contrario de forma más eficiente. Quienes defienden este tipo de formatos dicen que ‘es un programa de televisión, un concurso televisivo, y que quien no quiera presentarse es libre de no hacerlo. Debe primar el espectáculo.’ Y con ese argumento del espectáculo se zanja el asunto, sin posibilidad de contemplar matices o reflexionar sobre los más que posibles efectos secundarios, como dicen los prospectos farmacéuticos.

 Yo, que me dedico a esto del espectáculo desde que era un niño, entendí siempre esta profesión como parte de un mundo que se elevaba sobre la vulgaridad de nuestras costumbres, tan condicionadas por una penuria cultural y económica ancestrales; como un ejercicio vocacional, misterioso y emocionante, en el que la búsqueda de la excelencia era lo esencial. El camino de aprendizaje interior, los retos fundamentales con uno mismo: aprender a hablar, a moverse, a disociar movimiento y palabra, a reconocer estilos, aprender a ‘leer’ acertadamente un texto, a trabajar las emociones, los signos, etcétera, para ofrecer al público una pregunta –el arte siempre es una pregunta, en el fondo- el resultado cabal, honrado, de una indagación que adquiere su sentido cuando se comparte y que aspira a situarnos en lo mejor de cada uno de nosotros. Aunque lo contenga como parte del negocio –ya que no es el negocio en sí mismo- nada tiene que ver con ese otro concepto de espectáculo que se muestra en un medio tan poderoso e influyente como la televisión. Todo en la vida tiene sus contradicciones y defectos y mi profesión no es distinta a otras en ese sentido pero, así lo entiendo yo al menos, el argumento de hacer espectáculo no puede justificar el fomento de comportamientos intrínsecamente anti sociales y anti empáticos como medio para ganar un concurso del tipo que fuere.

Cuchillitos

 ¿No creen que todo está teñido de esa tan argumentada ‘estrategia’? ¿No se parecen demasiado los programas concurso de cocina con los de parejas en el paraíso, o las falsas casas habitadas, las islas famosiles, o poligoneras, y demás? ¿Y no se parecen, esencialmente, en la perversión de lo que, supuestamente, anuncian para potenciar y vender esa ‘estrategia’ que no es otra cosa que enseñar a engañar y traicionar al otro para convertirse en el mejor trepa de la temporada? ¿Qué estamos haciendo? ¿De qué nos escandalizamos ante las noticias de corrupción, violencia y otras delicatessen, si nuestro día a día es asistir, como participantes o espectadores, a la universidad del manejo‘Lo de ser corrupto es una opción personal’, dijo una representante pública hace unos días, como la cosa más normal, en medio de uno de esos infumables ‘castings políticos’ que se sacaron de la chistera hace poco. Pues muchas gracias. A ese punto de normalización de lo indeseable hemos llegado y nada está aislado de nada; en estos tiempos de la red deberíamos tenerlo claro.

 Hace muchos años, cuando leí en el, aquel entonces, periódico de referencia de la ‘intelligentsia’ de izquierdas de este país, que llegaba un programa revolucionario basado en un ‘experimento sociológico’ que consistía en encerrar a un número de personas en una falsa casa para que pudieran ser observados 24 horas al día en su natural intimidad, decidí no ver ni uno de esos programas porque entendía yo que hacer un espectáculo televisivo de un experimento sociológico conllevaba la perversión del experimento y del espectáculo. Es, si se me permite, como lo que separa a la parodia de la sátira; la primera exagera  y ridiculiza el comportamiento de alguien, sin provecho, mientras que la última ridiculiza un mal comportamiento, pero desde un espíritu crítico, con el objeto de obtener una mejora ética o moral. El fondo de la cuestión es que todo esto no es inocuo. Va instalando, año tras año, una manera de entender la vida y la convivencia como una suerte de juego en el que hay que destruir al otro.

 Respecto a esta profesión mía sigo apasionándome, eso desde luego, cada vez que tengo la enorme fortuna de colocarme ante una cámara, subir a un escenario, o crear un espectáculo, como el primer día -estoy volviendo a ser un niño como actor, tras muchos años en su busca y eso es un regalo que agradezco a la vida y me emociona vivirlo y compartirlo- pero creo que este mundillo está experimentando también una sensible influencia de la manida ‘estrategia’ y ha llegado a formar parte tan consustancial de la profesión que, sin ella, es prácticamente imposible no digo ya ganar el concurso, sino tan siquiera participar en él, al margen de las cualidades, trayectorias y potencias del aspirante.

 Un totum revolutum transversal esto de la estrategia, ¿no? Se usa, abusa y presume de ella en todos los ámbitos de la vida, pero detrás de ese escudo suele justificarse el acomodo de todo un ejército de bajezas, incompetencias y mentiras que no sé si queremos mirar, en realidad. La estrategia es necesaria en la vida pero no es más que un instrumento. No sustituye a la honradez, la virtud, el conocimiento; no sustituye a la solidaridad ni al altruismo.

 Podríamos empezar por entender la vida como un prodigio y no como un negocio. Aunque los negocios formen parte de la vida no son la vida misma, esa es la cuestión. Estamos aún a tiempo de todo: de lo bueno, o así, y de lo malo, o asá. Los ciclos continuarán y volverán las oportunidades, como las oscuras golondrinas.

 ¿Aprenderemos alguna vez a decir bien esos versos?

Bodegón de maderas

 

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