¿No es ya tiempo de aprender a hablar?

Parece que la cosa empieza a ser preocupante a tenor de los estudios que grandes empresas han realizado y hay que ponerse manos a la obra. Por lo visto aquellos que se gradúan no saben expresarse bien en voz alta. No saben hablar, vaya; su limitación oral es de tal magnitud que son incapaces de explicar un proyecto, un plan de trabajo, una idea luminosa que han tenido, perdiendo la oportunidad de que otros conozcan tales ideas, colaboren en ellas, o las financien. He leído recientemente en un artículo que publica un diario de importancia unas recetas para hablar bien en público (no sé por qué ese afán de ofrecer soluciones express para el lector) y, con toda humildad, he de decir que ninguna de ellas se mencionaba la que hace posible que ocurra eso de hablar bien. Se habla, eso sí, de la duración de un discurso, de la intensidad del mismo, de la claridad de ideas y de otros aspectos; todos ellos muy importantes a la hora de establecer una estrategia de comunicación pero absolutamente insuficientes si no se sabe hablar bien. ¿Y qué es hablar bien? Pues la cosa trata de hacer que las palabras que salen de nuestra boca puedan ser comprendidas porque se articulan de manera inteligible y que ese sonido tenga la coherencia sonora que requiere el significado de las oraciones que conforman nuestro mensaje, sea este cual fuere. En el tiempo de las recetas express,  de las frases electrizantes, de las ideas destellantes, surgidas a la velocidad del rayo -precisamente- hemos de reparar en lo esencial. Esto es algo mucho más troncal que identificar los puntos a destacar de un determinado discurso, la pasión con que se expone, si movemos o no movemos las manos. Es más humilde, si se quiere y, sin embargo, es insustituible. Para  acceder al mundo de la oratoria hay que saber hablar; tanto quien enseña como quien accede a tomar clases en tal materia. Hay un paso previo, de tal importancia, que sin haberlo dado todas las apreciaciones sobre cómo expresarse en voz alta, estudiar sus métodos, sin aprender a afinar. Y no hablo de colocar la voz, sino de estudiar ese idioma paralelo que es la sonoridad de cualquier lengua, sin la cual, ésta, resulta un mapa incompleto. Nadie imagina una creación musical, estudiada al milímetro en su composición para emocionar y transmitir mensajes y sensaciones extraordinarias, desarrolladas en una secuencia ideal, variada, sugerente… interpretada por músicos que no saben tocar su instrumento y que desafinan como verracos… Pues eso.

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