¿Facilísimo… o imposible?

La sonrisa de incredulidad de quienes me escuchan decir que este trabajo es agotador es inequívoca, por más que su actitud sea, de corazón, respetuosa conmigo. Tiene toda la lógica y yo sonrío, a mi vez, porque es la reacción habitual. Este trabajo, el entrenamiento necesario para su ejercicio, requiere una entrega absoluta, tanto física, como emocional, o como intelectualmente y exige una ausencia total de defensas y una renuncia a líneas rojas no traspasables. Es, pues, una actividad que no se puede realizar sin una alta dosis de generosidad y de coraje aunque, todo eso, es algo que debe quedar oculto a los ojos del espectador para que pueda sumergirse en el universo que les sugerimos sin ver la trama o la dificultad que encierra. Lo contrario sería romper el delicado velo de la ilusión, lo que hace posible olvidar que estamos en un teatro (o un cine).

Viene esto a colación del tipo de trabajo que realizo, ocasionalmente, con personas no pertenecientes al ámbito profesional de la escena. Adelanto aquí que, a diferencia del Coaching conocido en ámbitos empresariales habitualmente yo no trabajo contenidos sino que me centro en cómo comunicarlos -verbal y gestualmente- con solvencia y credibilidad; no escribo discursos, no le digo a la persona a quien entreno en qué otra actividad sacaría más partido a sus aptitudes, ni qué debe hacer con su vida. El tipo de trabajo que yo hago es más como contratar los servicios de un Coach, un entrenador especializado y personal, para preparar un personaje, o para mejorar tus aptitudes.

Cuando empezamos a tomar conciencia de lo que hacemos -y de lo que debemos mejorar- entramos en un proceso de disección crítica de nuestra totalidad como comunicadores ante el público; realizamos una suerte de tomografía de nuestra gestualidad, nuestra oralidad, de la intención y dirección mental de lo que decimos y hacemos, de la cantidad de energía puntual en cada detalle, etcétera… y esto resulta agotador. <<Nunca imaginé que esto fuera tan difícil>>, suelen decirme, con expresión de incredulidad y un perlado de sudor en su frente, y tienen razón: nadie cree que esto sea tan difícil, visto desde fuera. La cantidad de energía física y mental que se ha de poner en disposición de uso y la focalización de esta deja sin fuerzas al más pintado. Y estamos hablando sólo de cómo colocar las cosas en su sitio, para que sea coherente y comprensible lo que hacemos, nada más. Otra cosa ya es la magia que subyuga al espectador y le lleva a un estado de verdadera emoción; un lugar de reconocimiento de si mismo y de los demás. Sólo con  trabajo y entrenamiento -amén de las condiciones naturales que se posean-  quienes se suben a un escenario o desarrollan su actividad ante un público, sea este del tipo que fuere, pueden acercarse a ese ideal de conexión.

Mi amigo y compañero Cesáreo Estébanez, un actor de carácter estupendo, dice, referido a esto de interpretar: <<Mira niño: esto es facilísimo o imposible>> y no le falta razón. Hay quienes, haciendo todo según el manual, no consiguen interesar y hay quienes, naturalmente, establecen la conexión, aunque luego,  por falta de conocimiento, o de trabajo, puedan echar a perder sus cualidades naturales. Yo sólo añadiría a esta observación de Cesáreo un matiz y es que deberíamos traducir su facilísimo por un <<difícil… pero alcanzable>>. Quien quiera experimentar una sesión de sólo cuatro horas de este trabajo  podrá comprobar lo que  digo. Tomo, ahora, licencia de cambio, en palabras y <<concetos>>, de un  famoso soneto de Lope de Vega:  Esto es <<dolor>>, quien lo probó lo sabe.  

Dicho sea con su correspondiente <<ida y vuelta>>, como los cantes.

IMG_3609Foto: Jesús Vallinas. La Hoguera. Pedro Mari Sánchez©

 

Deja un comentario