Día Mundial del Teatro

No tengo más remedio que decirlo: los “Días Mundiales de…” me ponen un poco de los nervios. Tampoco mucho, recalco, sólo un poco. Todo el año sin hacerle puñetero caso al asunto y llega un día en que todo se emperifolla y se escriben banalidades, por encargo unas, por concienciada y autocomplaciente decisión otras. Las autoridades hacen ver que les importa el tema y los grandes almacenes hacen caja, cuando el objeto homenajeado da para ello. Hoy le toca al teatro, ¡pobre…!

Desde muy joven -hice mi primera función con Paco Rabal en el Bellas Artes de Madrid a la edad de 9 años- observé que el teatro era una reproducción bastante ajustada de las sociedades en las que se insertaba pero esto, que he comentado numerosas veces con profesionales y público en general, no siempre es comprendido en toda su dimensión. Se suele coincidir en que el teatro habla, a lo largo de la historia, de los problemas que existen en el momento en que un autor escribe su obra. Bueno, siendo esto cierto, en parte, no es más que una aproximación epidérmica al verdadero asunto.

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IMG_4142El teatro, hablando del hombre, alcanza su mayor expresión y trascendencia cuando no se limita a reproducir literalmente este o aquel suceso, sino cuando es capaz de ofrecer una visión cosmogónica de la existencia, aunque lo haga a través de algo, aparentemente, local y cotidiano; lo cierto es que la estructura dramática, las situaciones que plantea, cada una de las palabras, el orden en que están compuestas, conforman un discurso que trasciende la anécdota, sea o no consciente el espectador del funcionamiento de tal industria. Apreciar esto implica haber frecuentado la experiencia del análisis de textos, no ya teatrales, sino del campo de la narrativa, o del ensayo, ante otros alumnos, en el colegio, en voz alta. Las culturas anglosajonas, por ejemplo, tienen esto muy arraigado en su concepto de educación. Nosotros no. Somos torpes a la hora de expresarnos ante los demás y nuestro sentido del ridículo es casi patológico.

Hay, además, un aspecto que a mí me fascina, como tema de reflexión, respecto a ese “espejo de la sociedad” que tanto se cita, como una cantinela repetida, y cuyo contenido no se conoce verdaderamente y es la organización, la estructura propia de esta actividad, lo que se llama, recordando una frase del apuntador de la obra de Lorca, “Comedia sin título” la Economía del Teatro. Este aspecto es tanto o más revelador que el tema o estilo teatral que a cada momento de la historia corresponde. Esto es, simplemente, un post, por lo que no me adentraré mucho en ello, pero les dejo estos rastros para su indagación y lleguen a sus propias conclusiones, o nuevas incertidumbres…

Yo conocí el teatro en tiempos de la Dictadura. Había una, todavía, fuerte censura, política y moral, sobre cada espectáculo que se ponía en pie. Nuestra profesión, con todos sus defectos, estaba conformada por gentes que amaban esta manera de entender la vida, mucho más allá del éxito personal, aunque ese fuera un sueño legítimo que actuaba como energía vital en tantos momentos duros. Los empresarios eran empresarios teatrales. Cierto que había un modelo contra el que luchábamos con toda justicia, de abusos laborales, de bajos sueldos y condiciones laborales tremendas (había que ver lo que eran muchos teatros por toda España, que parecía cuadras mal cuidadas, en ocasiones, y sin seguridad alguna), cierto que había mastuerzos más interesados en las deliciosas pantorrillas de las vedettes y coristas, pero había muchos empresarios que sabían de teatro, se habían criado en él, habían vivido dentro del teatro. Había piratas, ¿cómo no? pero ya se tenía su retrato por todos los postes de la luz del país y se protegía uno como podía de ellos. Pero, hasta ellos, sabían de teatro, leían y amaban el teatro. Los actores debíamos empezar este oficio humildemente y, con las excepciones de regla, obtener el respeto de la profesión debido al conocimiento adquirido en distintos empeños, no al primer acierto; era cosa de contrastar. Para ello era imprescindible una vocación más allá del sueño o capricho de hacerse conocido y rico (cosa que, por cierto, era prácticamente inalcanzable).

Así esto había empresarios de Compañía y empresarios de Paredes (locales teatrales). Entre ambos se pactaban las condiciones que solían variar entre el 25-40% para las paredes y el resto para el empresario de Compañía. La publicidad, a “borderó”, que se decía castizamente hasta en Bilbao, es decir, proporcionalmente al porcentaje acordado y los proyectos se montaban con un mucho de pulso vital y un muy poco de programación a años vista. Lo cierto es que los proyectos, la profesión, la industria, se podían poner en marcha con relativa facilidad. Había que luchar contra el esclavismo (no había día de descanso por entonces) y en ello estábamos -y conquistamos- pero esta profesión estaba entre la vanguardia de comportamiento social y moral.

De puertas afuera

Con el cambio democrático, tan luchado, también por nosotros, los de esto del teatro, se intentó que el país se diera a sí mismo una infraestructura de teatros digna, en condiciones, con dotación adecuada y a los que pudieran acceder, además de los empresarios tradicionales, la base de la industria, es decir, aquellos que no eran empresarios pero tenían proyectos y trayectorias de contrastada solvencia profesional. Ocurrió que, como decía el director de uno de mis colegios, gallego él, se confundió el culo con las témporas. Se convirtieron dichos teatros en Unidades de Producción y se produjo demasiado el “yo te programo a ti y tú a mí” y eso no ha sido bueno, a mi entender, porque se creó un club, un poco artificial, al que no se podía acceder sólo por méritos artísticos, sino que había que mantener una maquinaria de relaciones públicas, de marketing personal que hizo esto más impersonal y mecánico. Por más que se ha llamado la atención sobre esta cuestión nunca se le puso remedio. Creo que se ha sustituido, en buena medida, la pasión por la ambición, en esta cosa nuestra del teatro.

Hace unos días me relataba un muy querido compañero de tablas cómo asistía, en la gira que está realizando por los teatros españoles, actualmente, al abandono absoluto de esos Teatros Públicos: sin calefacción, sin personal, sin reponer bombillas a los focos, sin arreglar las goteras de la cubierta -que llevarán a que se caiga, finalmente- la vuelta a los retretes de la cuerda de cáñamo para vaciar la cisterna, cuando la hay… ¡Qué bonito…! Y a nadie le importa porque, como todo el mundo dice que “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”, aquí acabó el tema. Aunque se van a rescatar las empresas de las autopistas radiales… Los teatros públicos pueden caer en manos de empresas a las que esto del teatro les viene de nuevas y eso, ¿es razonable? ¿No creen que el conocimiento y la pasión por el teatro no juegan un importante papel en todo esto?

Hoy, en nuestro teatro, se muestran y reproducen muchas de las condiciones que nos han llevado a esto como país. No exigencia de la capacitación necesaria para ejercer las funciones para la cual se ocupa un determinado cometido, ausencia de escrúpulos de algunos, falta de interés por conocer todo aquello que la ignorancia impone; frivolidad, soberbia, abuso y desprecio. Mucho público asiste a las representaciones teatrales, se dice y es, en parte, cierto. El teatro está como nunca, se dice también. ¡El público aplaude a rabiar, así, en general…! Yo, invito a tener un espíritu algo más crítico, nunca viene de más.

No hay peor mentira que una media verdad. La autoalabanza, el halago fácil para contentar a quien, antes o después, nos puede dar trabajo, o el silencio cómplice, han hecho de este país el páramo que ahora pisamos. Respecto a la cultura, se han dicho, por parte de los gobiernos, al menos desde que tengo memoria (partiendo de los de Franco, que la odiaba, hasta nuestros días) tantas mentiras, se ha relegado tanto a quienes han clamado por una mejor educación, que está en la base de cualquier mejora como pueblo, que no creo necesario insistir en algo que pueden y deben indagar por sí mismos, aquellos que sientan interés por el tema, naturalmente.

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La izquierda, que tuvo en su mano regenerar este país; se quedó, aunque algo hizo, en “la sola apariencia de” y cayó finalmente en los mismos  pecados públicos y, en ocasiones, en tics heredados de siglos de autoritarismo. Por su mala gestión  nos ha caído encima esta derecha tremenda -que no tendría más remedio que ser  un poco más civilizada, más a lo Herrero de Miñón, diría yo, si me permiten el apunte, si estuviera frente a un opositor más serio y competente- que se harta de decir medias verdades, así como completas mentiras, que impone la ley del silencio y hace lo imposible para restringir el conocimiento, la salud y el bienestar a quienes no pertenezcan a su clase.

Hoy es el día Mundial del Teatro. ¡Pongámosle la Medalla del Amor y el Lazo Abelín!

La mirada de Goya

 Esposados

Fotograma de “Esposados”, de Fresnadillo

No es la primera vez. Este desasosiego vuelve a visitarnos con implacable puntualidad. El amor a nuestro cine nos obliga, así lo entiendo yo al menos, a reflexionar sinceramente sobre el contenido y la forma de la ceremonia de entrega de los Premios Goya. ¿Qué queremos transmitir, de verdad? ¿Esperamos conectar con nuestro público? ¿Necesitamos ser acogidos por éste? ¿Comprendidos, amados por éste? ¡Sí, claro…!

Estas y otras preguntas debemos hacérnoslas evitando a toda costa el corporativismo, el apoyo incondicional a la tribu a la cual pertenezca cada quién, o el ataque sistemático y arbitrario a todo lo que se mueva. No debería ser tan difícil, ¿no? Digo lo de replantearse este asunto de manera un poco sensata.

 Somos una pequeña industria artesanal, los números que manejamos así lo reflejan; está bien, así es y no supone desdoro alguno. Somos, además, ciudadanos semi bastardos en un pueblo que todavía nos mira de soslayo –y sus gobiernos más de soslayo todavía- desde tiempos remotos. Eso tampoco está mal del todo. Cierto que, ojalá, tuviéramos el reconocimiento social y el apoyo público que nuestros vecinos franceses o la legislación libérrima para los capitales de Estados Unidos, que tanto facilitan y apoyan su cine- pero no es así y ya está bien de no aceptar esa realidad y de auto compadecernos; tampoco los científicos, o los educadores, están bien considerados ni apoyados y son fundamentales en la construcción y desarrollo de un país, ¿no es cierto?

 Luchemos por nuestro cine pero empecemos a pensar, de una buena vez, en si la forma en que lo hacemos es la más útil, adecuada al lugar que, como parte de la vanguardia del país deberíamos tener o, por el contrario, estamos en un nivel de discurso un tanto “Chiquitita dime por qué”, que dirían los ABBA y, eso, perdónenme los queridos hermanos en la cinematográfica pobreza, no sé si es justo con el público ni con nosotros mismos.

 ¿Qué impulso nos lleva a querer copiar un concepto que, ni por industria ni por idiosincrasia, comprendemos, ni podemos abarcar? Los españoles tenemos poca costumbre de hablar en público, así, en general y aquí también se nota. No acierto a comprender la necesidad de elaborar un guión ‘gracioso’ porque una gala no puede ser graciosa, a no ser que forme parte de una película de Lubicht.

 Si nos empeñamos en que sea graciosa, en vez de simplemente profesional -y un mínimo sobrellevable  por la altura del contenido que se muestra- tendrá que presentarla, indefectiblemente, alguien que sepa hablar con naturalidad y sin artificio, que sea ameno y no apriete las frases y los gestos, que sea inteligente, con bagaje cultural y costumbre sobrada de estar ante el público para salir de las situaciones con la chispa y facilidad que sólo el oficio y el bagaje permiten.

 Las auto bromas sobre lo mal que lo hacemos resultan sonrojantes cuando comprobamos -año tras año, aunque con honrosas excepciones- que, efectivamente, es así. Lo de la Gala, digo.

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Foto: Pedro Mari Sánchez

 Echo tanto de menos, como espectador, que se hable más de los valores artísticos de las obras premiadas, de su discurso, de su forma, de aspectos reveladores sobre lo que hay detrás de las producciones, que a cualquier aficionado al cine le entusiasmarían y, sin embargo, nos empeñamos en hacer un larguísimo repaso de agradecimientos a todos y cada uno de los miembros del equipo, a quienes te han contratado, a familias propias y ajenas que, sin entrar en la libertad que cada uno tiene para expresar sus sentimientos, aburren hasta a las pacientes ovejas del Campo de las Naciones… Unidas, si fuere el caso.

 Echo de menos, por más que la verdad incuestionable de los números nos den la razón, un discurso institucional más elevado, mas ilusionante y rebelde a la vez, más comprometido con el papel que el cine juega en nuestro imaginario como pueblo para contagiarlo a ese pueblo. Nuestro cine debe contagiarse ya desde la manera en que hablamos de él. ¡Hablemos como artistas, por favor…! Los gobiernos ya saben todo lo que no hacen y todo lo que hacen para que no se haga. Repetir cifras a quien las conoce de sobra, porque es quien las ha impuesto, o denunciarlas, en una larga sucesión, a una audiencia que también carga con lo suyo no es la decisión más acertada, por más que  justamente razonada, al menos como yo lo veo.

 Soy actor desde, casi, el nacimiento de mi memoria. Soy académico desde hace bastante menos. Mi mirada es la del cine y amo al cine. Años atrás, rodando con Giménez Rico, me comentó Teo Escamilla, que era el director de fotografía, el reciente nacimiento de la Academia y me invitó a formar parte de ella. Aunque no me hice miembro, por extrañas razones de  juventud y confusa rebeldía sin causa, siempre seguí con el mayor interés todo su proceso, sus vicisitudes, sus Galas y sus Difuntos.

 Hablando de los actores, ya que he entrado en este terreno, debemos ser conscientes de nuestro papel en y ante la sociedad y es muy cierto que  no podemos borrarnos como ciudadanos. Deberíamos, eso sí, entiendo yo, encontrar un equilibrio entre discurso artístico y discurso social ya que, como ciudadanos libres e iguales ante la Ley, a ello tenemos derecho y creo muy sinceramente que, también,  la obligación.

 Es cosa, ya para terminar, de ser algo más humildes en la pompa y más ambiciosos en el discurso. Seamos más artistas, que no mudos ciudadanos, quede claro…

 Hace mucho tiempo, en una lejana comarca del sur de España, durante un rodaje, oí a un lugareño decir esta frase que me ha acompañado y alegrado durante toda mi vida:

 “Entre tocar la trompeta y estarse callao hay un término medio”

IMG_2677Foto montaje Pedro Mari Sánchez sobre fotos de Antonio Suárez

De rodajes y ‘selfies’

Este comienzo de año me ha ofrecido la oportunidad de hacer eso que llamamos una colaboración especial para la serie “Cuéntame cómo pasó” Es un equipo estupendo, competente y amable, que hace que todo sea muy agradable. Me siento muy afortunado por compartir estos días con ellos. Aquí unos ‘selfies’, auto retratos, de toda la vida, con mis compañeros. En próximas fechas habrá más.Con Jorge Roelas

 

Un momento para mirar a quien nos mira. Con Jorge Roelas, aquí.

Con Pablo Rivero

 

Con Pablo Rivero. Sonrientes, a pesar del frío de esa mañana, en el exterior del set.

Con Alberto Alonso

 

Con Alberto Alonso, a quien tuve el placer de dirigir -y compartir escenario también- en “La tercera palabra”, texto teatral de Alejandro Casona.

Set Cuéntame

 

Imagen del rodaje. Cámara al fondo y los actores colocados como si estuvieran sentados a la mesa… inexistente. Momento blanco y negro, para ambientar.

De Lázaros y Quijotes

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(Imagen del Quijote de Orson Welles)

“Si a cualquiera le hacen más de cien investigaciones en un año los de Hacienda, como me han hecho a mí, estoy seguro que le encuentran algo… pero seguro, ¿eh?”

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Esto lo decía un poderoso personaje de la política española hace unos días, pero no es más que un caso entresacado del amplísimo y variado muestrario  de cinismos, engañifas y estafalmios  que pueblan, desde tiempo casi inmemorial, nuestro patio peninsular. Bueno, también insular, ya me entienden.

Todos los pueblos tienen un relato y un héroe. Lo mejor es ser conscientes de ello, y si ese relato y ese héroe resultan dañinos, o inútiles para propios y extraños, cambiarlos por otros mejores y santas pascuas. Son gratis y depende de nuestra decisión y voluntad el hacerlo.

¿Qué nos impulsa a comportarnos como lo hacemos? ¿Cuál es el relato al que nos ceñimos, el que penetra nuestras células y se acomoda entre ellas, aquél que condiciona más que ningún otro a través de los tiempos nuestro comportamiento y, a la postre, nuestro devenir como nación en el mundo? ¿Qué hay detrás de este sino que nos impide avanzar, poner lo mejor de nuestra capacidad al servicio de una estructura civilizada de convivencia y prosperidad, que pueda ser respetada por nuestros vecinos, cercanos o lejanos, y por nosotros mismos?

Separados por unos cincuenta años se publican en la España del XVI y XVII dos libros que van pugnar, durante un tiempo, por apoderarse de nuestro relato como pueblo y que son, a mi entender,  El Lazarillo de Tormes,  en 1554,  y Don Quijote de La Mancha, en 1605.

Lazarillo salió vencedor de esta pugna, también a mi entender, y me explico.

Lazarillo, humilde desde siempre, inocente en sus comienzos, aprende pronto la crudeza de la vida y la maldad y el desapego del ser humano para con sus congéneres. Tanto y tan duramente es así que, desengañado por esa negra condición, asume la imposibilidad de ‘amejoramiento’  en los hombres  y decide hacer lo que ve en los demás y lo que el hambre y la necesidad  le impelen a hacer. Tanto renuncia a su dignidad y posibilidad de lucha que se convierte no en uno más, sino en el más hábil, el paradigma de los tramposos, en repetidos engaños; siempre a salto de mata, librándose de las malas por los pelos y  de cualquier manera. Es listo, sí, pero en lo inmediato; no puede llegar a nada más allá de la desnuda  supervivencia porque todo en su mundo, imaginario y real,  es zafio, improvisado y completamente previsible. Un personaje que acaba confesándose feliz tras casarse, como solución a su vida, con una de las criadas del arcipreste de la iglesia de San Salvador a pesar de conocer los rumores fundados de que su mujer sigue siendo amante del arcipreste.

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(Pintura de Bacon)

Este relato, costumbrista y sombrío, a pesar de la gracia que este pícaro produce en el lector desde siempre, no ofrece más  enseñanza que la castración, el acomodamiento y la sumisión a un estado de las cosas que su autor y su protagonista dan por inamovible.

El posible religioso (o no, que para todos gustos hay) que se esconde tras su anónima autoría, desencantado al extremo, retrata con exactitud comportamientos en verdad deplorables del ser humano y este retrato se acepta como más cierto que las Tablas de la Ley para Moisés. Pero El Lazarillo no es otra cosa que el triste lugar de decepción personal a que ha llegado su autor, no la verdad inmutable sobre la existencia humana. No es, en modo alguno, un modelo a seguir.

Asumiendo así la vida no es de extrañar nuestra secreta complicidad con todo tipo de bajezas y comportamientos vergonzosos de quienes tienen oportunidad de llevarse cuanto pueden a sus propias arcas, de cualquiera de las maneras, pisando vidas, recursos y haciendas ajenas, amparados en la más absoluta impunidad, en ocasiones, y con el mayor sigilo en otras. Nosotros, en su caso y, sobre todo, si nos garantizaran la cuasi impunidad, ¿qué no haríamos? ¿Seríamos los únicos en no aprovechar la ocasión? ¿Íbamos a cambiar algo en el mundo? ¡Quiá…!

Esa es la herencia y el Credo que Lazarillo nos ha dejado. Cierto que hay un gran número de espíritus –pocas veces reconocidos y casi siempre sojuzgados- generosos, abnegados y nobles que realizan actos  extraordinarios, puntualmente o a lo largo de toda una vida, pero ese no es el “comportamiento tipo”, no el que marca la ruta y lleva las riendas de nuestro destino como nación.

No hace mucho, en una entrevista a pie de calle para una cadena de televisión, en la que se preguntaba si conocían el Quijote, un joven de unos 15 años decía esto, con bastante aproximación: “Sí, ese es un pavo que sale en un cuento, ¿no? Un menda que estaba p’allá y estaba todo el día alucinando y no decía más que gilipolleces y mierdas así…”

 Y a continuación se descojonaba  de risa, entre inseguro y orgulloso. En realidad, no es culpa suya. Al fin y al cabo no decía cosa muy distinta de lo que piensa el común de los españoles, pero con otros términos, y aquí se puede incluir, con las debidas distancias, incluso algún estudioso. ¿Cuántos no piensan que Don Quijote de La Mancha es un libro muy antiguo que, sí, será muy bueno y todo lo que tú quieras, pero que es un coñazo?  ¿Y quién no dice que habla de un viejo que pierde la cabeza y de las tonterías que hace hasta que por fin recupera la cordura poco antes de morir? Sí, es un idealista, pero ¿de qué le vale, eh? Y ya está.

Eso es a lo más que llega el análisis de tantos millones de españoles que, además,  hablan de oídas, porque casi nadie lo ha leído y que, si lo han hecho, probablemente se lo enseñaran en el colegio, sin relacionar su profundo contenido con nuestra vida cotidiana, con nuestro hoy, que es como debe darse a conocer este libro.

Bueno, todo esto en secreto, salvo ese chaval de la tele, porque atreverse a decir en público que no te gusta ni entiendes el Quijote requiere una dosis de valor casi tan grande como la de su mismo héroe protagonista.

La cosa es que muchos dicen que este es un país de Quijotes. Es cierto, sí,  que los hay, pero, en realidad, es un país de Lazarillos.

Si fuera un país de Quijotes nuestro recorrido histórico sería muy otro, seríamos atrevidos y respetuosos, nuestra palabra sería ley y creeríamos en la bondad de las personas, viviríamos consagrados al ideal de la libertad. Libertad, sobre todo,  para pensar el mundo de una u otra forma: ¿Cambiamos el mundo? ¿Es lícito hacerlo? ¿El mundo nos cambia a nosotros…? Nos atreveríamos a pensar, actuar y cuestionar la naturaleza de la realidad, moldeándola, saltándonos lo que se supone que es el marco lógico de la vida. Esto, que está contenido en el arquetipo barroco, y la cuestión erasmiana de la locura -o no locura en este caso de Don Quijote- deviene en la búsqueda del Ideal del Amor, el Ideal de Justicia, el Ideal Político, el Ideal Literario.

Don Quijote, que ha influido como ningún otro personaje literario en toda la cultura, contiene tanta civilización, tanta inocencia, tanta honradez, tanto posible, desde el extraordinario conocimiento de la condición humana que poseía Cervantes, que debería convertirse en nuestro relato y nuestro héroe. Cervantes no describe un personaje loco y desde luego que no hace el retrato costumbrista de una época o lugar, cosas insignificantes dentro del contexto cosmogónico de su obra. Quijote es su propio pensamiento del Mundo, es él mismo y todos y cada uno de los hombres de la Tierra; todo su vastísimo recorrido filosófico y vital. Si ya los cuánticos nos hablan de la naturaleza de la realidad como algo distinto a lo que acostumbraba a ser, Quijote plantea eso mismo, con exactitud: crea su realidad, total y corpóreamente. Esto es, sencillamente, asombroso.

 Moore

(Escultura de Moore)

Nadie más cuerdo que Quijote, que no muere hasta que ha cumplido esas experiencias, creadas por él mismo. ¿Y qué decir de la gran enseñanza que nos ofrece este texto luminoso, ya hacia su final, con un Sancho quijotizado  y un Quijote sanchotizado, que funden en un abrazo los dos aspectos que conforman el equilibrio de nuestra psique? Ambos son como nuestros Eidolón y Daemón, tan distintos y tan uno para conformar cada ser humano.

Tantos misterios y lecturas encierra este relato… Hay cabalistas que entienden que Cervantes proponía con este libro un inmenso proyecto de cultura con la palabra en su centro como energía creadora y ven en él –yo también lo veo así, en este caso- un recuerdo nostálgico de aquella España en la que convivieron, por un corto espacio de tiempo, las tres religiones reveladas. Q’jot, en arameo, significa ‘verdad’.

Conformar un proyecto de pueblo alrededor de este héroe de libertad total, de conocimiento, de fe en el ser humano, de honradez, de justicia y de amor nos proporcionaría las claves, ocultas aún para todos nosotros,  de un futuro verdaderamente civilizado, en respetuosa armonía con la vida.

Abracemos a Quijote y despidamos, de una buena y puñetera vez, a Lazarillo, si queremos regenerar este país –tanto que hablamos de regenerar sólo la vida pública olvidándonos de la privada- y hacer algo que merezca la pena, por una vez, para nosotros y para nuestros hijos.

Yo, como Don Quijote, me invento pasiones sólo para ejercitarme”. Claro que esto lo dijo Voltaire, un francés, tengo entendido…

Don Quijote, de Cézanne

 

 

Hoy es el día y, éste, el momento

Don QuijoteDon QuijoteDon Quijote, de CézanneDon Quijote, de CézanneAunque el tiempo sea una sensación de quienes observamos o somos conscientes de nuestra propia existencia, sí es cierto que nos permite pormenorizar, focalizar, detalles de la realidad; de eso que llamamos realidad. Por eso viene a cuento lo del día y el momento del título. Cada vez que cargamos de significado un ciclo de observación de la naturaleza tenemos la oportunidad de renacer, o reiniciar nuestros ordenadores, como podríamos ver en cualquier anuncio de estas herramientas, cada vez menos toscas, aunque todavía necesitadas de este toque de animalidad singular que aportamos al conjunto del todo. Hagámoslo, pues. ¿Por qué no?

Tenemos ante nosotros un tiempo de extraordinaria complejidad, un tiempo oscuro, impuesto de manera inclemente, e inconsciente, por personas y corporaciones -que, naturalmente, forman personas- que entienden la existencia como un negocio y no como un prodigio. Este será, lo está siendo ya desde hace mucho, un tiempo de desesperación en múltiples aspectos. Nada ni nadie estará al margen: ni las empresas, ni los gobiernos, ni los pueblos, ni los mercados,  todos ellos formados por personas. A nosotros, pues, nos corresponde reinventar el mundo y no podemos escapar a este compromiso. Antes o después habremos de afrontarlo o acabaremos aniquilando la especie. Creo que todos  sabemos, en el fondo de nuestras conciencias, que esto es así.

Don Quijote

Pero cada crisis encierra universos de creación y, como lo que somos es producto y consecuencia de lo que recordamos, recordemos las luces que hemos ignorado a lo largo de nuestra memoria, colectiva o personal. Yo, hoy, ahora, os dejo esto como regalo de Año Nuevo, con mi deseo de una prosperidad integral. Todo es posible. La vida es una continua sorpresa: a veces, incluso agradable.

 

Don Quijote

Don Quijote

¿Quién cree a quién?

Parece, aunque esto no sea dicho en términos absolutos, que nadie cree a nadie. Esto es algo a lo que se enfrenta la sociedad en su conjunto, todos y cada uno de los colectivos, instituciones, gremios y, por supuesto, los individuos que la conforman.
La cuestión es de tan importante, llega tan profundamente a los lugares ingobernables de nuestra capacidad para aceptar algo como seguro, que nuestro comportamiento, debido a la falta del equilibrio mínimo imprescindible para la estabilidad de nuestra psique, se ha tornado agrio, pleno de desengaño, desconfianza, agresividad y simplismo. Por esta causa reaccionamos automáticamente ante cualquier estímulo sin dejar que la mezcla de acciones cerebrales que nuestros hemisferios izquierdo y derecho obre con eficacia. Digamos que la situación ha llegado a tal punto de pánico interior que la parte que se ocupa de dar de comer al animal se ha hecho cargo absolutamente de nuestra vida.

El pánico viene a darse por múltiples razones y circunstancias, individuales o colectivas. Si bien, por poner un ejemplo, puede salvar nuestra vida al ponernos en marcha, sin analizar nada, ante una situación de peligro inminente, repentino, que nos sorprende inadvertidos, cuando se acomoda de forma paulatina, por aceptación de un arquetipo de descreimiento general, que llega a las raíces de lo que entendemos por la vida misma, nos puede llevar al desastre, a la aniquilación; la auto aniquilación, para decirlo más concretamente.

Pensemos en esto: gestionar con ‘serenidad’ la catarata de evidencias de las acciones contra el ser humano y contra la vida en general, que realizan precisamente seres humanos y, más aún, quienes actuando desde el poder financiero, político, religioso -aún con las excepciones, que las hay, de rigor- y que representan las columnas virtuales del mundo que percibimos, es extremadamente difícil. Es necesario tener una fortaleza interior, una disciplina mental y emocional enorme para no caer en la negación de todo y de sí mismo y atreverse a entrar en el agujero negro que supone siempre un cambio de Paradigma. Éste, el de este mundo, está desmoronándose y será necesario un esfuerzo verdaderamente grande para abrazar el vértigo que implica inventarse otro. Porque precisamente lo que está en cuestión es lo que entendemos por realidad, por verdadero y que va más allá de lo que aceptamos como tales.

El Público

Nadie cree a nadie, decía al principio. Nadie cree que quien dice algo crea eso que está diciendo. El otro es una imagen de uno mismo, vista desde otra perspectiva. Por más que nos resulte duro de aceptar, los otros son un posible de nosotros mismos. Por eso, ahora que tenemos noticia de cómo somos, mucho más que en tiempos pretéritos, cuando la información existente hacía mucho más grande el mundo, estamos concluyendo que todo es extraño e indeseable para nuestro arquetipo ideal de nosotros mismos. Reaccionamos con pánico y no discernimos, lo hacemos todo más simplista, no permitimos, ni nos permitimos, indagar porque el incendio está bajo nuestros pies; todo se reduce a un burdo automatismo de sí o no.

La serenidad necesaria para no salir de estampida ante la visión de nuestro amplio y no siempre halagüeño espectro como humanos es algo sobre lo que tenemos que reflexionar y, haciendo un juego de arquetipos, tener fe, o hacer como si la tuviéramos, aunque no sepamos qué es, para entrar en el vértigo de comprender que todos pertenecemos a la misma vida, que somos uno y todos a la vez y bailar sobre nuestros muertos más sagrados.

El encuentro y la palabra

El verbo, la palabra, como núcleo generador de todo cuanto es, aún hoy, a pesar de hallarnos en pleno desarrollo de las teorías cuánticas, habita este espacio de encuentro que hoy abro a cuantos deseen visitarlo o a quienes recalen –no- casualmente por aquí.

Mi experiencia vital tiene que ver con algo humilde: la palabra pronunciada y la expresión gestual como herramientas de interpretación y articulación de la realidad percibida. Trataré aquí, con mayor o menor frecuencia, cuestiones relacionadas con estos lenguajes, los aspectos técnicos, profesionales y de investigación relacionados con mi oficio y la comunicación pública, pero también lo haré con los derivados del ejercicio de la libertad. Libertad de interpretación del mundo, de cambiar, así, el mundo, o mi pensamiento sobre él, o sobre mí mismo.

Esa indagación de la libertad y la defensa de esa libertad de indagación será la luz interior que anime todas las palabras que aquí se pronuncien en busca de un rastro posible de bien común.

Un abrazo a todos y bienvenidos.